jueves, 29 de abril de 2010

Capitulo 1: Demonio


El suelo era frío, estaba mojado y podía sentir cómo el barro se adhería a mis pies. Caminaba sin un rumbo fijo, sin saber adónde ir porque me había dado cuenta que ese lugar no me pertenecía.

No era mi aldea Mundú.

Cientos de árboles me rodeaban, no importaba hacia donde dirigiera mi mirada, siempre una arboleda aparecía ante mí, amenazadora, caótica y peligrosa. Los bosques no eran lugares bienes vistos para los aldeanos de Mundú, de hecho significaban la muerte. No sólo por su ambiente desolador, solitario y aterrador sino también por las criaturas que vivían en esos bosques.

Los demonios de la noche.

A medida que me iba adentrando en el espeso follaje, la oscuridad reinante se volvía más peligrosa. Mis pupilas se dilataban tratando de divisar algo en la corta distancia pero mis esfuerzos parecían vanos. Aún así, ante las tinieblas, mi cuerpo no paraba de moverse, seguía caminando derecho. Ya no veía, era una realidad, no podía siquiera ver mi mano a unos pocos centímetros de mis ojos. ¿Cómo iba a hacer para saber adónde pisar?
Además de la opacidad del lugar, el clima no era mi mejor amigo. Era tan helado que hasta me hacía tiritar los dientes y erizar los bellos de mis piernas y brazos. Podía sentir mis labios resecos por tanto frío y hasta mi nariz roja por el gélido ambiente. Incluso me costaba mantenerme erguida, era como si mi cuerpo intentara doblarse para buscar algo de calor. Aún así, seguía avanzando, atravesando el duro bosque e intentado llegar a algún sitio…

No fue hasta llegar al corazón del bosque que mis ojos comenzaron a ver tenuemente. Dejé que se acostumbraran un poco a la escasa luz y pude divisar un enorme castillo blanco, con sus puntas bien altas de color negro; las ventanas eran celestes con un enrejado laberíntico; y la puerta principal demasiado alta, de color negro con dibujos rojos que no alcanzaba a descifrar. La sutil luz que iluminaba el ambiente provenía de esa enorme fortaleza. Una vez deslumbrada por esa edificación, continué mirando su alrededor y advertí la aldea, con sus casitas simétricas, cuadradas, negras. Parecían cubos con una sola abertura, la que aparecía en el techo. Al igual que en nuestra aldea, todas las calles internas guiaban al gran castillo, a la Plaza Central que lo predecía; pero a diferencia de las nuestras, eran más rectas, más ordenadas. Conté cuatro casas por manzanas, y a juzgar por el espacio que les correspondía a cada una de ellas, debían de ser muy chicas por dentro.

Seguí adelantándome unos pasos más, entrando de esa manera a su civilización. No había una criatura en ningún lado, parecía que todas habían salido o que nadie ya habitaba ese lugar. Continué mi camino y me detuve instintivamente ante una de las casas pequeñas, observando sus paredes y nada más a su alrededor. Y fue en ese momento cuando lo sentí en cada parte de mi cuerpo, en lo más profundo de mi alma, en cada parte de mi corazón, en cada bocanada de aire que respiraba… No había lugar a dudas, era él mi eterna debilidad.